Los diablos de Borkoski - Nota del diario El Territorio

Después de varios años de silencio editorial, Sebastián Borkoski acaba de lanzar su último libro, Los diablos blancos. Se trata de una compilación de ocho cuentos reunidos en una pieza de 112 páginas ilustradas por Maco Pacheco. Así, Borkoski explora en sus relatos, personajes diversos. Desde nobles hasta viles, quienes aparecen asaltados por la duda y la reflexión, sobre la vida o la muerte, sobre la acción humana y los marginados de la sociedad. La incertidumbre innata de cómo habitar este mundo y la búsqueda de alguna certeza, se manifiestan en sucesos a veces fantásticos, a veces insólitos o misteriosos, creados o no por los propios personajes. Con un lenguaje maduro y bien resuelto, el escritor de Trampa furtiva, Cetrero nocturno y El puñal escondido presenta un material atractivo, que se lee rápido, en el cual refleja a personajes de la cotidianeidad local y que al final de cada cuento, invita al lector a la reflexión y el análisis del contexto donde vive.

Al hecho de partir de lo real y llevarlo a lo fantástico “lo uso como una manera de desordenar el mundo real, de darle un golpecito para que vibre y que el lector trate de imaginarse otras realidades conmigo o a partir de lo que yo sugiero”, anticipa y sugiere: “Para mí, no sos misionero por escribir sobre el Pombero ni dejás de ser escritor misionero por escribir sobre otra cosa, es el mundo el que te está generando tu escritura”.

Mención aparte, varios de los cuentos que fueron incluidos en Los diablos blancos ya fueron premiados o reconocidos en distintos certámenes de literatura y algunos publicados en antologías internacionales.

¿Cómo aparece la necesidad de escribir este nuevo libro?

No es necesidad de escribir un nuevo libro. En este caso era la necesidad de escribir. Y en este libro en particular son compilaciones de cuentos que vengo trabajando, algunos desde 2012. Es un trabajo de unos cuantos años. Llegué a un punto donde tenía varios cuentos que podían englobarse en la misma temática y me pareció que podría publicar. Porque en realidad estaba trabajando en una novela nueva, que todavía no está lista…

Fue un trabajo diferente a Cetrero nocturno, ahí eran cuentos que escribí exclusivamente para un libro de cuentos. Porque Olga Zamboni me había recomendado que busque y explore el género cuento más a fondo. Yo había escrito cuentos antes pero no me sentía preparado y ella me dijo ‘tratá de buscar el cuento como género’. Hubo un fin más específico. En este caso no fue tan así.

¿Y por qué esa necesidad de escribir?

Creo que nace en combinación con tres factores: curiosidad, sensibilidad y observación. Podríamos decir que esas tres mezclas se conjugan en mi persona todo el tiempo y mi manera de sacarlo, de expresarlo, es la escritura. Puedo estar sentado acá y me pregunto cómo será la vida de cualquiera, no en el sentido voyerista sino que creo que siempre hay historias que vale la pena contar. A veces son reales, a veces parten de lo real y van hacia la imaginación, pero siempre hay un condimento de observación. Aunque sea un cuento fantástico como lo es el cuento de Los hombres bajos, que tiene una carga fantástica muy grande, pero parten de observaciones reales y fascinaciones con alguna realidad que te incomoda o te llama la atención. Entonces este libro creo que explora –a diferencia de Cetrero nocturno- un poco más la problemática social. Por ejemplo en Los diablos blancos tenés a un grupo de gente que está apartada de la sociedad, en Mamá está en Naranjito también. Hay una problemática social que se trata en muchos de los cuentos.

¿Tenés cierta presión en base a lo que ya tenés publicado?

La presión me la pongo yo por una cuestión de mejora, porque cuando publiqué el primer libro mi hermano me dijo un elogio sumamente raro y retorcido: ‘ojalá este sea tu peor libro’ y está bien lo que dijo porque sería muy feo que yo haya publicado El puñal escondido y de ahí en más todo lo que haga me parezca malo. Entonces ese es el compromiso que yo tengo conmigo mismo. Por otro lado está el compromiso de los resultados, eso te pone un poco nervioso porque el haber vendido lo suficiente de algo después te da miedo de que no tenga la misma repercusión. Pero yo al menos con el trabajo literario de Los diablos blancos estoy más contento. Aunque uno nunca está ciento por ciento conforme me parece que estoy rumbo a esa búsqueda de llegar al cuento perfecto, que nunca se llega pero hay una búsqueda de explorar nuevos caminos. Y el compromiso está ahí conmigo mismo y con tratar de buscar una identidad narrativa, una identidad de prosa y un sinceramiento.
Es muy difícil, al menos a mí no me pasa, de escribir lo que te imaginaste. No creo que haya persona que pueda expresar al ciento por ciento lo que siente. Porque la mente humana es tan compleja y si a eso lo fusionás con el corazón y los sentimientos, es muy difícil expresar lo que a uno le está pasando por dentro. Entonces esa es la brecha que intento achicar siempre. Sobre todo porque los sentimientos son momentáneos, entonces cuando escribís evocás lo que sentiste.

Y este libro está dedicado a Olga Zamboni, ¿por qué?

En principio porque Olga fue la que me impulsó con la publicación de El puñal escondido, obvio que hubo que hacerle mejoras pero ella fue la que me ayudó y me hizo meterme más seriamente en el mundo del cuento. Yo pensaba ‘Sebastián nunca va a publicar un cuento porque no le va a salir’. Y ella a través de esa novela me dijo: ‘hay capítulos que pueden ser cuentos y podés armarlos así tranquilamente’. Así salió Cetrero nocturno y lo prologó. Ella leyó todos los cuentos de este libro menos Los hombres bajos porque no llegué a mandárselo, pero siempre fue una guía. Siempre me hizo recomendaciones y sugerencias, siempre era constructiva y me parece que lo mínimo que puedo hacer es dedicarle todo el libro a ella. Es una persona que a mí me aportó mucho y por suerte así como yo, hay un montón de escritores que pueden decir exactamente lo mismo.

¿En qué momento encontrás a la literatura misionera?

Creo que estamos en un momento de muchísima producción. Nunca es fácil editar, pero sí muchos escritores apuestan a hacer y eso está bueno. Estuve recientemente en la Feria del Libro de Puerto Rico y hay una escritora, Ana Barchuk, que lleva mesas de libros de escritores misioneros y los promociona y había una cantidad de libros que no lo podía creer. Me puso re contento. Además me parece que la gente está apostando un poco más a los escritores misioneros, los docentes también lo hacen. Ahora por ejemplo se escribió El regreso de Paíto -de Rosita Escalada Salvo- que fue algo muy esperado y está buenísimo que eso suceda porque le da más impulso a todo. Por eso la encuentro en un buen momento, porque hay producción y por otro lado veo voluntad en los docentes de probar y a través de eso en las universidades de ver y conocer qué se está haciendo en Misiones y desde ahí seguir incentivando.

Muchos de tus libros se leen en las escuelas. ¿Qué te genera?

Me pasaron cosas raras con respecto a eso. Conocí gente que me dijo ‘mi hijo leyó tu libro en la escuela y le encantó’ y te ponés súper contento. Después te cruzás con otros que te dicen ‘leí tu libro porque mi hijo lo leyó’”. Pero fue algo gradual, no me di cuenta enseguida que me leían en las escuelas.

Fue un proceso de unos años, pero siempre traté de ser muy responsable con lo que escribo en el sentido de la sinceridad primero y principal con lo que a mí me está pasando y con lo que yo quiero decir con lo que me pasa por dentro. Por otro lado nunca escribí para chicos adolescentes en particular, escribí lo que me salió, esa es la realidad. Nunca tuve un público objetivo. Hubiese deseado tener esa habilidad pero no la tuve nunca y no creo tenerla.

Pero cuando publicás creo que tenés que hacerte cargo al menos de lo que estás diciendo, porque inclusive a través de la ficción estás planteando una visión del mundo, una postura. Lo importante es eso, porque ya sea que te lea un adulto o un chico, esa responsabilidad hay que tenerla.

Fuente: El Territorio