Cuentos breves publicados en "El Territorio" | Domingo 19 de enero de 2014

El escritor misionero Sebastián Borkoski compartió con NEA tres relatos breves sobre sueños, noches y misterio

D’Allagnese
A D’Allagnese, la única y verdadera oportunidad de amar le fue presentada en el más caprichoso de los lugares.

Sin recordar cómo, se encontró caminando tras ella en un parque poblado de almas. Perseguía sin descanso sus apabullantes perfecciones. Más cerca estaba, más la quería. Y la quería porque sentía en su piel la capacidad de hacerlo con honestidad.

Un río turbulento se interpuso entre él y su destino en modo de burla. No le importó. Cuando apoyó sus brazos sobre un tronco se supo dueño de la mágica posibilidad de transformarlo en un objeto útil a sus fines. Atravesó un torrente de dificultades por donde creía que nadie más podía cruzar. Muchos individuos circulaban en ambas orillas. Sin embargo, ajenos al amor, comenzaron a desvanecerse.

Permaneció unos segundos muy cerca, contemplándola como una vasija con el volumen necesario para contener todas sus emociones. Faltaba poco. Lo abandonaría todo. Dejaría atrás lo que recordaba de su vida, del otro lado de sus preocupaciones.

Alguien más llegó del río, con una balsa similar, y él lo observó con penetrante dolor. Colmado de confusión, preguntó:

- ¿Qué hace usted aquí?

- Dios mío, más cerca estoy y más la deseo – dijo el hombre.

- ¿Acaso no oye?

Con la segunda pregunta, el recién llegado notó la presencia de D’Allagnese. Reaccionó con la tranquilidad de quien tiene un conocimiento ligeramente mayor de la situación. Lo miró un instante, suspiró al volver a posar sus ojos sobre la mujer y habló con resignación:

- Por fascinante coincidencia parece que ambos soñamos con la misma persona. – Luego afirmó su voz– No voy a dejarla.

- Entonces no veo un medio cortés de resolver esto – sentenció D’Allagnese.

- No se preocupe. El primero que despierte, la perderá para siempre y sin remedio.


Patrón Filo

El investigador llegó al pueblo; muchos dormían. Deambuló por las calles hablando con noctámbulos errantes hasta quedarse solo. En los límites del poblado encontró un hombre melancólico contemplando la luna.

- Estoy buscando respuestas sobre Patrón Filo – le dijo.

- Poco es lo que saben

- Sin embargo todos aseguran que existe. Dicen que Patrón Filo tiene los ojos de un niño triste y malvado. Hace más de cien años es la ley oculta del poblado. Difícil creer tonterías. Menos cuando nadie aseguró haberlo visto.

- Es verdad, no existe quien lo haya visto.

- Los pueblerinos suelen crear personajes pintorescos.

- ¡Ah! No señor, Patrón Filo no es ninguna creación, es real. No tiene ojos de niño triste, tiene los ojos de un ángel enojado.

El investigador echó a reír y exclamó:

- ¿Usted sí puede saberlo?

- Lo puedo ver reflejado en sus ojos – dijo justo antes de cortarle la garganta.


El tormento de Mogadiscio

El empresario Gabriel Mogadiscio creía ser un buen hombre. Dotado de una astucia comercial envidiable, jamás tomó una decisión que no lo hiciera progresar en su estado pecuniario. Habitaba en un país tan próspero como sus empresas. Mientras sus negocios acumulaban riquezas, no dudaba en dar una parte de las mismas a cada una de las personas que colaboraban con él. Durante las noches dormía lleno de satisfacción en su vasta cama, con las extremidades relajadas y la nariz sonora.

Un día, al despuntar el alba, un hombre de un país lejano se acercó a su babilónica morada, reventó uno de los ventanales de su habitación con una piedra y habló a los gritos en un idioma que nadie entendía. Las fuerzas de seguridad que patrullaban la mansión lo prendieron. El detenido no lograba explicarse. Buscaron por todo el país pero no encontraron a ninguna persona capaz de comunicarse con él. Con gran amargura rompió en llanto. Mogadiscio, conmovido, le dio algo de dinero y ropas para que se fuera. Se alejó sin molestar, aunque continuó llorando mientras lo hacía.

Tiempo después, Mogadiscio fue despertado por dos piedrazos. Cuando llegó al salón principal de su mansión, los guardias habían reducido a dos sujetos que manejaban el mismo e inentendible lenguaje. Uno de ellos tenía la mejilla surcada por una única y gruesa lágrima que concentraba todo su dolor. El otro mantenía los ojos sobre sus mugrosos pies. Esta vez, Mogadiscio no se conmovió. Creyó conveniente y apropiado apoderarse de lo poco que tenían los extranjeros a modo de justa retribución por su inexplicable vandalismo. Los expulsó de su casa, siempre imposibilitado de dar o recibir justificaciones. Durmió esa noche con la tranquilidad de siempre.

A La mañana siguiente, una lluvia de piedras penetró por todos los ventanales. Los proyectiles no cesaban, los guardias estaban muertos en la sala principal y Mogadiscio esperaba su turno mientras su mansión comenzaba lentamente a transformarse en ruinas. Sin coraje para resistir semejante martirio, tomó un cuchillo y lo hundió en sus venas. Lentamente fue abrazado por un reconfortante hormigueo que lo depositó en un agradable sueño.

Al día siguiente, despertó una vez más en su cama. Sorprendido, observó por la ventana y vio a sus hombres haciendo guardia. Respiró. Mientras abotonaba su camisa una piedra rompió los vidrios de su habitación.

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